SCENE_01
El ruido del motor
Estás en la cocina, con una taza a medio terminar o doblando ropa, y ves por la ventana el coche de ellos entrando sin aviso. Enseguida aparece la frase exacta: «No puedo decirles que no vengan sin avisar». No suena como una preferencia; suena como una norma antigua, como si en tu propia casa hubiera que aceptar la visita antes de nombrarla.
SCENE_02
La casa se achica
Entonces cambias de postura. Repasas qué hay tirado, qué dijo tu pareja, si los niños están en pijama, si vas a quedar mal por pedir orden. La decisión ya no es sobre la visita: es sobre no parecer desagradecido. Y así, cada llegada sin aviso convierte tus reglas en algo provisional, negociable, casi invisible en cuanto pisan el umbral.
SCENE_03
La puerta no firma el permiso
Lo más exacto no es que no puedas; es que has tratado la sorpresa como una obligación. Puede ser una visita inoportuna y, aun así, no tener el derecho automático de mandar en tu agenda. Hoy puedes probar otra lectura: primero reconoces que han llegado sin acordarlo, luego decides tú qué haces con ese momento, sin justificarlo como si pidieras perdón.